sábado, 23 de julio de 2011

REFLEXIÓN: LA CUERDA


Cuentan que un alpinista, desesperado por conquistar el Cerro Aconcagua, inició su travesía después de años de preparación, pero quería la gloria para el solo, por lo que subió sin compañeros.
Empezó a subir y se le fue haciendo tarde, y más tarde y no se preparó para acampar, sino que decidió seguir subiendo queriendo llegar a la cima.

Obscureció, la noche cayó con gran pesadez y ya no se podía ver absolutamente nada.
Todo era negro, cero visibilidad, no había luna y las estrellas eran cubiertas por las nubes. Subiendo por un acantilado, a escasos cien metros de la cima, se resbaló y se desplomó por los aires, caía a una velocidad vertiginosa, solo podía ver veloces manchas oscuras y la terrible sensación de ser succionado por la gravedad.
Seguía cayendo y en esos angustiantes momentos, pasaron por su mente todos sus gratos y no tan gratos momentos de la vida, pensaba que iba a morir, sin embargo, de repente sintió un tirón tan fuerte que casi lo parte en dos.
Como todo alpinista experimentado, había clavado estacas de seguridad con candados a una larguísima soga que lo amarraba de la cintura. En esos momentos de quietud, suspendido por los aires, no le quedó más que gritar:
"Ayúdame, Dios mio"
De repente una voz grave y profunda de los cielos le contestó:
¿Qué quieres que haga hijo mio?
"Sálvame Señor"
Dime, ¿crees que te pueda salvar?
"Por supuesto que si"
"Entonces corta la cuerda que te sostiene"
Hubo un momento de silencio y quietud, pero el hombre se aferró más a la cuerda.
Al otro día encontraron colgado a un alpinista congelado, muerto, agarrado con fuerza a una cuerda... a tan solo dos metros del suelo.

¿Y tú?
¿Qué tan confiado estás de tu cuerda?
¿Por qué no la sueltas? 
Saludos.
Pallas. 









  



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