Una palabra irresponsable puede encender discordias y fuegos difíciles de apagar.
Una palabra de resentimiento puede fulminar una amistad de años.
Una palabra cruel puede arruinar y derribar todo lo que se había edificado en esta vida.
Una palabra brutal puede herir y hasta destruir la dignidad de una persona.
En cambio...
Una palabra oportuna puede traer luz a nuestra vida, aliviar las cargas y sanar un corazón herido.
¿Sabes porqué?
Porque las palabras tienen vida. Con ellas somos capaces de bendecir o maldecir, de edificar o derribar, de animar o abatir, de empujar al éxito o al fracaso, de perdonar o condenar.
Es muy gratificante dar una palabra de aliento.
Y tú...
¿Te has preguntado alguna vez como hablas a los demás?
No olvides que en esta vida recibimos lo que damos. Así de sencillo.
Saludos.
Pallas.

