El origen de esta frase se encuentra en el Evangelio de San Juan, concretamente en el relato de la incredulidad de Tomas ante la aparición de Jesús resucitado.
Según el citado Evangelio, Tomas no solo dudó del testimonio de sus hermanos; exigió además ver para creer y dijo:
"Si no meto mi dedo en el agujero de los clavos y en su costado, no creeré"
Juan 20:20
Y diciendo esto, les mostró las manos y el costado. Entonces los discípulos se regocijaron al ver al Señor.
Juan 20:27
Luego dijo a Tomas: "Acerca aquí tu dedo, y mira mis manos; extiende aquí tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente"
Por eso, cuando algo que nos parecía imposible se cumple, solemos decir “¡Ver para creer!”. Esta resulta ser la bochornosa declaración de nuestra incredulidad o falta de fe, que puede estar justificada o no, en dependencia de la naturaleza del evento que la originó.
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