Y, ¿por qué comer los restos de una persona recientemente fallecida cuando les puedes dejar este trabajo a los animales?
Así piensan los budistas tibetanos que practican un ritual de disección conocido como el “Entierro Celestial“.
Siguiendo esta antigua costumbre religiosa, un sacerdote es el responsable de desmembrar y cortar en trozos pequeños el cuerpo del muerto utilizando para ello un hacha ceremonial.
A continuación, los pedazos son abandonados en lugares especiales para que sean encontrados por los animales, especialmente las aves.
En ciertas ocasiones los restos quedan intactos, situación que no resulta un problema para las aves carroñeras, como los buitres, que literalmente se dan un banquete con los muertos.
Aunque esta práctica pueda parecer indigna y hasta repulsiva frente a las costumbres occidentales modernas, el ritual tiene mucho sentido desde el punto de vista de la filosofía budista.
A los budistas no les interesa celebrar o preservar a sus muertos, ellos consideran al cuerpo como una cáscara vacía, cuya función ya no es necesaria. Y más importante aún, el hecho de ofrecer los restos a otras formas de vida es una manera de estar en contacto con un ciclo valioso de la naturaleza.
De hecho, el ritual opcional para los monjes se considera un acto de caridad y compasión hacia los animales.
