Instalado en la plaza pública, un adivino se entregaba a su oficio.
De repente se le acercó un transeúnte, anunciándole que las puertas de su casa estaban abiertas y que habían robado todas sus pertenencias.
El adivino se levantó de un salto y corrió desencajado, suspirando y llorando, para ver lo que le había sucedido.
Uno de los que allí se encontraban, viéndole el desespero que tenía, le dijo:
Oye, amigo... tú que te la das de conocer el futuro de los demás, ¿Por qué no adivinaste lo que te sucedería a ti?
Moraleja:
Siempre hay personas que pretenden dirigir lo que no les corresponde y son incapaces de manejar sus propios asuntos.
Saludos.

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