Cuando levantas los brazos, para tomar aire y no para rendirte.
Cuando te pones en los zapatos del otro y entiendes que no puedes cambiar a nadie, pero sí puedes cambiar lo que no te gusta de ti.
Cuando eres lo suficientemente fuerte para afrontar tus miedos, y perseguir tus sueños.
Cuando descubres que la vida está hecha de magia y que al despertar en la mañana, Dios te está dando una nueva oportunidad.
Cuando dejas de pensar en el pasado y continuas con el mismo entusiasmo de siempre.
Recuerda:
Caerse está permitido, pero levantarse y seguir debe ser obligatorio.
