En 1848, unos misioneros alemanes enviados a África, afirmaron ver una montaña tan alta que la nieve cubría de blanco su cumbre.
Tal historia se recibió con incredulidad y burlas.
Sin embargo, despertó la curiosidad de exploradores y geógrafos, quienes también confirmaron la historia.
Efectivamente, existía una montaña volcánica coronada de nieve en el África oriental llamada Kilimanjaro. Algunas personas creyeron que ese nombre significaba “Montaña de grandeza”.
Hoy día, el gran Kilimanjaro es famoso por su sobria belleza y su impresionante altura. Pocas escenas son tan típicas y memorables como la de una manada de elefantes pastando por las secas y polvorientas llanuras africanas, con el Kilimanjaro, coronado de nieve, resaltando majestuoso a lo lejos como un imponente telón de fondo.
El aislamiento acentúa el inmenso tamaño de la montaña y no es de extrañar que se la llame a veces el techo de África.
También se la denominó “Montaña de las caravanas”, pues como si de un resplandeciente faro blanco se tratara, sus enormes campos de hielo y glaciares podían verse a cientos de kilómetros desde cualquier dirección. En siglos pasados, su cumbre nevada muchas veces guió a las caravanas que salían del remoto interior de África cargadas de marfil, oro y esclavos.

