En el camino de la fe, quien se cree superior o más fuerte que los demás, tarde o temprano experimentará que en realidad todos somos iguales, como dice San Pablo:
"Todos hemos pecado y estamos privados de la gracia de Dios" (Romanos 3,23)
La vida nos enseñará que nadie es mejor que nadie y que es insensato juzgar y condenar a los demás.
Dice la carta de Santiago 4,11
"No habléis mal unos de los otros. El que habla de un hermano o lo juzga, está criticando y juzgando a la ley. Y si te constituyes en juez de la ley, ya no eres cumplidor de la ley, sino su juez"
Solo Dios, es legislador y juez, sólo Él puede salvar y condenar.
¿Quién eres tú para juzgar?
