lunes, 1 de agosto de 2011

EL SEMÁFORO: UNA LECCIÓN DE VIDA

Esa mañana, me desperté con mucho sueño y enojada. Con trabajo, pude levantarme de la cama. Me dirigí al cuarto de baño arrastrando los pies mientras renegaba por tener que dejar mi lecho y no poder quedarme acostada todo el día.
Desayuné con los ojos tan cerrados como mi mente. Me sentía tan cansada, que por no meter el pan en el tostador, preferí comerlo frió y beber la leche directamente de la botella. Entonces pensé:
¿Para qué tanto trabajo? Es un fastidio. 
Salí de mi casa rumbo a la oficina, desde mi coche observaba el suelo humedecido por la lluvia y no podía evitar la rabia al pensar que tenía que trabajar.
El semáforo se puso en rojo y de pronto, como un rayo, se colocó frente a todos los automóviles algo que parecía un bulto.
Por curiosidad abrí más mis ojos somnolientos y pude descubrir que lo que parecía un bulto, era el cuerpo de un joven montado en un pequeño carro de madera. Aquel hombre no tenía piernas. Sin embargo, lograba manejar con maestría un conjunto de pelotas con las que hacía malabares.
Las ventanillas de los automóviles se abrían para darle una moneda al malabarista que llevaba un pequeño letrero sobre el pecho. Cuando se acercó a mi auto pude leerlo, decía exactamente:
"Gracias por ayudarme a sostener a mi hermano paralítico"
Con su mano izquierda señaló hacia la acera y ahí pude verlo, sentado en una silla de ruedas, sosteniendo con su boca un pincel que daba forma a un hermoso paisaje que dibujaba en un lienzo. 
El malabarista mientras recibía unas monedas, vio el asombro de mi cara y me dijo: "verdad que mi hermano es un artista".
De pronto el chico sentado en la silla de ruedas se dio la vuelta y pude leer en el respaldo de su silla:
"Gracias Señor por los dones que nos das, contigo nada nos faltará"
Eso me impactó profundamente y mientras el hombre se retiraba y el semáforo cambiaba del color rojo al verde, mi luz interior también cambió. 


Desde aquél día, nunca más se me encendió la luz roja que me paralizaba por la pereza, siempre trato de mantener la luz verde encendida, realizando mi trabajo sin detenerme. Esa mañana descubrí, que ante aquellos jóvenes, yo era la más necesitada, la más incompleta.

Le doy gracias a Dios por lo que tengo, el salario apenas me alcanza para pagar las cuentas pero me siento agradecida y aunque los problemas se multiplican como por arte de magia, he aprendido a tener paciencia y fortaleza para sobrellevarlos.

Saludos.
Pallas. 


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